El Discernimiento

El poder de discernir (en sánscrito “viveka”) tiene un objetivo: ser capaz de distinguir entre lo mutable y lo inmutable, diferenciar lo relativo de lo absoluto. El absoluto es nuestra esencia real, no cambia: el cambio no es más que una manifestación de lo que no cambia. Cuando combinas en tu vida los valores
de lo mutable y lo inmutable, entonces vives una vida plena. Ahora no vivís una vida plena, pero aquellos de vosotros que hayáis comenzado el camino de la autointegración haciendo un esfuerzo consciente en la vida diaria, llegaréis al punto donde la vida es alegría. Entonces, incluso si sentís dolor, veréis
que estáis envueltos en un universo compuesto de parejas antagónicas: placer y dolor, calor y frío, sol y nieve. Siempre tendremos estas parejas; pero una vez que nos demos cuenta del valor del dolor y del placer, ninguno de los dos nos afectará.

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El verdadero discernimiento solo llega cuando uno puede estar realmente en silencio consigo mismo.
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Compete a tu libre albedrío, a tu elección, el decidir qué es lo que aceptas y qué es lo que rechazas.
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Adquiere conocimiento por todos los medios, pero fíltralo: desecha lo que no es necesario y coge la esencia.
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Cuanto más sensible seas en la percepción de cosas buenas, serás más capaz de percibir cosas malas.
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Es inútil intentar analizar la mente para encontrar discernimiento. Análisis no es lo mismo que discernimiento, porque todas las formas de análisis siguen siendo un modelo prefijado y son parciales.
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¡Conocimiento es una palabra que ha sido tan malinterpretada! Conocimiento es la acumulación de diversos hechos que se pueden encontrar en una buena enciclopedia. Queremos ir más allá del conocimiento y entrar en el dominio de sabiduría. Esto es algo diferente al conocimiento.
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El propósito al que debe servir realmente el intelecto no es hacer diversas deducciones, sino discernir de forma muy simple entre lo que es correcto y lo que es equivocado. Si has despertado tu parte supraconsciente, encontrarás que todas las decisiones que tomas son automáticamente correctas.
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El ser humano debe experimentar de qué va la vida y qué es la Divinidad. La filosofía y el discernimiento no pueden alcanzar esta experiencia: es como explicar el color a una persona que ha nacido ciega. No puedes explicárselo. Puedes tratar de explicar a qué se parecen la belleza y la fragancia
de una flor, pero para saber, la persona tiene que ver y oler la flor. Puedes analizar en un laboratorio todos los componentes químicos del azúcar, pero ¿qué sabemos del azúcar si no probamos su dulzura? El azúcar está ahí por su dulzura, no para examinarla en un laboratorio.
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Discernir desempeña su papel en nuestra vida, pero el discernimiento también debe ser desechado en el momento en que el amor y la devoción crecen.
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No es necesario aceptar todo lo que yo digo sin criticar. ¡Sed críticos!, pero críticos con una mente abierta. Habéis sido criados en un cierto estilo de vida y algunas enseñanzas pueden pareceros extrañas. Si algo os suena extraño, sed críticos con ello. Pero la crítica nunca debe ser destructiva
ni ridiculizar: ese “algo” debe de aceptarse con mente abierta y evaluarse con una crítica constructiva al aplicarlo a nuestro yo individual. Esto se refiere, no solo a las charlas que os doy, sino a todos los libros que leéis. Puede que no estéis necesariamente de acuerdo con el autor. A menudo, cuando leo ciertos pasajes, me digo, por ejemplo: “Esto no es del todo así” o “Esto no es así”, pero respeto la comprensión adquirida por el autor. Cualquier autor siempre encontrará a alguien que no esté de acuerdo con sus pensamientos. Por eso dijo Cristo de una forma tan bella: “Hay muchas ovejas, pero no todas son de mi rebaño”.
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Había un pueblecito al lado de un río y al otro lado del río había una ciudad. Cada día la gente tenía que cruzar el río en barca para ir a trabajar. En una barca había un campesino y un pandit; un pandit es un hombre que ha aprendido las escrituras, y este era un hombre vanidoso pues conocía todas las escrituras y esto le producía vanidad. Estaba orgulloso de todos los libros que había leído y de todos los estudios que había hecho. Así, en la barca, el pandit preguntó a los campesinos:
-¿Habéis estudiado el Vedanta?
-Ellos respondieron: No, reverendo señor.
-¿Habéis estudiado Sankya Yoga?
-No, señor.
-¿Los Upanishads?
-No, reverendo señor.
Y él se ufanaba: “Yo soy un hombre de conocimiento”, y todo el mundo lo llamaba “señor”. Un día estalló una tormenta, y como la barca se estaba hundiendo, los campesinos comenzaron a tirarse de la barca. Cuando uno se iba a tirar, le preguntó al pandit:
-¿Sabes nadar?
Cada día, los habitantes del pueblo tenían que cruzar el río dos veces, al ir y al volver de la ciudad. El campesino era un hombre práctico, y considerando la posibilidad de una tormenta que volcase la barca, pensó en aprender a nadar, y aprendió a nadar. El pandit, sabiendo todas sus escrituras y sus libros, se ahogó. Este es el valor de ser un hombre práctico. Todas las escrituras, todas las enseñanzas y todos los gurus se pueden meter en un paquete y arrojarlo al río.
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En la progresión del alma alcanzamos la fase humana, y para deshacer todos los modelos de la mente, el ser humano tiene que utilizar el poder del discernimiento. Por eso se le ha dado el regalo del razonamiento.
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Debido a los moldes producidos por experiencias y asociaciones pasadas, nuestro razonamiento se distorsiona y la persona se siente insegura e inadecuada en su interior. Por eso la mente tiene que ser remodelada. Ahora bien, todos tratamos de desmoldearnos, pero lo que sucede cuando intentamos remodelar la mente utilizando la mente, es que la remodelamos en un modelo diferente. Lo que tenemos que hacer realmente es dejar todos los modelos. Esto es lo que hacen las practicas espirituales. Dejan de lado la modelación del alma y van profundamente al interior, a las bases de pura inocencia. Este es el propósito de la meditación, este es el propósito de la vida.
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La madurez mental la consigues cuando has desarrollado el discernimiento, cuando puedes ver algo como un todo, en su valor total. La persona mentalmente madura apreciará algo del valor total del objeto, pero la persona autorrealizada no solo verá el valor total del objeto, sino que también se unificará con él y experimentará su totalidad en esa unidad.
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El ser humano tiene la consciencia para apreciar que está creado a la imagen de Dios, porque el ser humano tiene la capacidad de pensar. Los estadios previos de existencia no pueden discernir. Nosotros, como seres humanos, podemos dis cernir y, por lo tanto, es tontería nuestra el no diferenciar entre
lo que siempre cambia y lo que nunca cambia.
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¡Hola soy Marcel! ¿Quieres meditar?